La Mulán Egipcia

En un mundo perfecto la sociedad sería justa y los ciudadanos, independientemente de su sexo, etnia o creencias, serían considerados como iguales, como ciudadanos de un mismo lugar, que luchan, evolucionan y caminan juntos. Ese sería un mundo inclusivo, honesto e íntegro. Un mundo en el que todo ser humano tendría las mismas oportunidades, derechos y obligaciones. Un mundo en el que no diferenciaríamos entre hombres y mujeres.

Pero, fuera de todo sueño, cuando miramos la realidad observamos que el mundo en el que vivimos dista mucho de ser como el que acabo de definir. Desigualdad, injusticia y roles de género son tres conceptos que detallan las características de esta triste realidad que nos vemos obligados a vivir.

La opresora Disney nos regaló en nuestra infancia un personaje que se sale de todos los márgenes establecidos, Mulán. Un personaje feminista que se rebeló al patriarcado de la época para enseñarnos que las mujeres somos fuertes y valientes, que podemos luchar. Que no somos damiselas obsesionadas por encontrar a nuestro príncipe, y estar perfectas para él.

Las nuevas princesas no esperan a ser rescatadas, sino que son ellas mismas las que salen a luchar. Pero a pesar de que Mulán estaba decidida a demostrárnoslo, la época le obliga a disfrazarse de hombre para poder alistarse al ejército. Se obligó a cambiar su imagen y perder su ser, con el objetivo de romper con lo establecido y poder conseguir sus sueños. Y la verdad es que las historias de Disney no son más que un reflejo de la sociedad y a veces, la realidad supera la ficción.

Es el caso de Sisa Abu. Sisa Abu es nuestra ‘Mulán egipcia’, una mujer que durante 43 años se disfrazó de hombre para poder trabajar. Sisa perdió a su marido cuando estaba embarazada, y con él también se fue la esperanza de salir adelante en un país donde la mujer no tiene apenas posibilidad para acceder al mercado laboral. Sisa tuvo que dejar atrás su feminidad como única opción para sacar adelante a su familia, en un mundo creado por y para hombres.

Disfrazarnos de hombres, parece ser la única opción para hacer frente a los datos alarmantes sobre la brecha salarial y la desigualdad laboral en la industria publicitaria. Mientras que el 59% de los estudiantes de publicidad son mujeres, solo el 3% de estas llegan a ser directoras creativas. La creatividad y la toma de decisiones se ha convertido en un espacio para hombres, la brecha salarial cada vez es más grande y los problemas de conciliación siguen presentes. Por ello, necesitamos “Mulanes”. 

Necesitamos mostrarnos disconformes contra un sistema que nos oprime. Necesitamos feminismo en el trabajo, en la casa y en la escuela. Que no sea algo académico y quede solo en la teoría. Necesitamos gritar si es necesario y hacernos escuchar. Hay que romper el mito de que el feminismo es odiar a los hombres, enseñar que es, por definición, la creencia de que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres. Necesitamos también involucrarles, que la lucha sea de todos. 

“Me encanta sacrificar mi dignidad por un trago” o “me encanta pasar la noche con hombres que no saben mi nombre”. Así sonarían los copy de muchos anuncios si les pusiéramos voz de mujer. ¿Vale todo con tal de llegar al público? ¿El fin justifica los medios? La mujer siempre es tratada como un objeto, en todos los ámbitos de su vida. ¿Es eso justo? Puede que la imagen que la publicidad nos muestra del sexo femenino sea, en gran parte, la culpable de la desigualdad laboral que sufrimos hoy día. ¿Por qué? la respuesta es sencilla: el cuerpo de la mujer se cosifica en exceso, se sexualiza e idealiza hasta extremos innecesarios, olvidándonos de su inteligencia, capacidad, voluntad de lucha y fortaleza.

Esta industria se centra tanto en cosificar su cuerpo que nos impide ver a la luchadora que hay tras ese físico, a la menta brillante que se esconde tras esa envoltura. Varias iniciativas internacionales han surgido en los últimos tiempos para tratar de cambiarlo. En nuestro país #MásMujeresCreativas pretende dar visibilidad a la escasez de directivas y creativas, y la falta de referencias femeninas. Conseguir una evolución en la industria publicitaria que permita romper la desigualdad en los puestos de mayor responsabilidad de las empresas es difícil, pero no imposible. Porque como dice la campaña “en algunos festivales hay más jurados zurdos que femeninos” o “tienes algunas posibilidades más de ser directora creativa que de que te parta un rayo”.

Creemos firmemente que es necesario que las mujeres participen en la creación de los discursos publicitarios. Porque si la publicidad educa y transmite valores, queremos valores igualitarios, que nunca más se nos muestre como objetos sexualizados, nunca más como amas de casa simples y sumisas porque las mujeres somos revolución.