Consumo, luego existo

Consumimos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, y en ese proceso, en muy pocas ocasiones nos cuestionamos si quiera el origen de alguno de estos productos. Tragedias, como el derrumbe de una fábrica textil en Bangladesh debido a unas condiciones precarias de seguridad y que se llevó por delante a 1.127 personas, son los únicos hechos por las que nos cuestionamos, en general, los comportamientos de las grandes empresas. Tiendas low cost, como Primark, están teniendo un éxito desmedido en los países europeos.

El precio de las camisetas nos permite incluso comprar prendas de prácticamente usar y tirar. La calidad poco nos importa, y mucho menos la procedencia de las mismas. Tras la tragedia de Bangladesh, el periódico El Mundo destapó lo que cobraba de media un trabajador en esos talleres de confección: unos 28 euros al mes, menos de euro al día, y con la imposibilidad de forma sindicatos.

No se tienen en cuenta los derechos laborales, ni la salud, ni dignidad de las personas. Sin embargo, la falta de ética de empresas como Primark, Benetton, Mango o El Corte Inglés siguen impidiendo que esto cambie, pues controlar las condiciones laborales supone un aumento en los costes de producción, lo que se traduce en menos riqueza para las empresas, un hecho que no están dispuestos a asumir. Y en este asunto, ¿qué lugar ocupan los consumidores? Los bajos costes de producción permiten a las empresas vender a precios muy asequibles, y a los consumidores occidentales comprar frenéticamente, por tanto, en ese intercambio, ambos quedan satisfechos.

Los consumidores nos anestesiamos en el ‘prefiero no saberlo’, pues, ojos que no ven, corazón que no siente. Y así es como seguimos permitiendo que todo esto siga ocurriendo. Porque, como afirma Ballesteros, estamos sumidos en la cultura del consumismo desmedido desde que nacemos y creamos nuestra identidad a partir de estos hábitos de consumo. “Estamos organizados alrededor de unos ritos (ir de compras), unas instituciones donde expresarnos (centros comerciales, televisión), un lenguaje (el publicitario), una forma de relacionarlos con los demás (comprar y vender, comparar lo que tienen los otros), unos valores (propiedad privada, tanto tienes tanto vales…) unos símbolos. Estamos inmersos, pues, en un sistema que invade cada vez más ámbitos de la existencia de las personas, configurando toda una cultura del consumo que trata de regir y dar sentido a la vida y comportamientos de las mismas.” (Ballesteros, 2013)

A partir de lo que compramos nos construimos: buscamos que estos productos reflejen lo que somos. Así pues, si consumimos muy a menudo productos de alto standing, nuestro entorno podría llegar a considerarnos de ese nivel. Por lo que para muchos, el consumo nos ofrece la posibilidad de cumplir nuestro proyecto de vida. Y en este proyecto son muy pocos los que se preocupan por un ‘consumo ético’, es decir, “el que se ejerce cuando se valoran las opciones más justas, solidarias o ecológicas y se consume de acuerdo con esos valores y no solo en función del beneficio personal”. (FACPE, s.f.). Y lo que es peor, según estudios de la Universidad de Texas y de la Ohio State’s Fisher College of Business, la mayoría de la población, no solo no adopta estos comportamientos, sino que no los respeta e, incluso, afirma ‘odiar’ a aquellos que sí lo adoptan.

Es necesario, pues, un cambio. Cambio que comienza en la educación, pero en el que también tienen un importante papel los medios y formas de comunicación, como la publicidad, que educan en este consumo desmedido. Es necesario educar, y no solo desde las instituciones, para que comencemos a tener un pensamiento crítico y a cuestionarnos qué hay detrás de cada cosa que consumimos y a ser conscientes de que ‘no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita’. Romper con la asociación consumismo y realización humana, abrir el debate sobre las consecuencias de estas formas de consumo y mostrar iniciativas y formas de consumo alternativas solidarias y justas. Sin embargo, la única forma posible de hacer esto y que no genere rechazo, debe ser a través de la creatividad, hacerlo de alguna forma que no parezca aburrida y que no genere rechazo, sino que, por el contrario, invite a participar.