Amor de marca

La publicidad en el pasado se creó para dar respuesta a la necesidad de las empresas de dar a conocer sus productos y servicios, es decir, ofrecer información acerca de los mismos.

Con el tiempo, la saturación de los mensajes y de productos prácticamente iguales hicieron necesarias otras tácticas: mejores promociones, descuentos, mejoras en la identidad visual…

Hoy en día, prácticamente todas las necesidades básicas están cubiertas. Sin embargo, todos buscamos amor. Sentirnos queridos, protegidos, escuchados… Sentir que somos importantes para alguien. En los tiempos que corren las relaciones espontáneas y el amor líquido y fugaz ha cobrado relevancia.

Bauman habla de la fragilidad de los vínculos humanos y del miedo a establecer relaciones más allá de meras conexiones. De cómo el sexo se ha impuesto al amor, pero al final de cada polvo nos quedamos con la sensación de querer más.

En este sentido, mucho se habla de cómo el amor es al branding, lo que la publicidad al sexo. ¿Podemos encontrar el amor en lo intangible? Muchos ejemplos nos demuestran que sí. Historias dignas de Disney, que han llevado a muchos a tatuarse en su piel logos de marcas. El concepto de fan se ha trasladado al branding.

Como en cualquier relación moderna, lo primero que nos entra por los ojos es el físico. En esa búsqueda de amor romántico, perseguimos a alguien que nos complemente, pero más que por nosotros mismos, por la imagen que proyectamos hacia los demás. Necesitamos sentirnos aceptamos en la sociedad, que aprueben la pareja/complemento elegido. Por ello, para que la marca se convierta en una herramienta de aceptación, esta debe ser atractiva, debe brillar ante nuestros ojos.
La marca debe también escuchar, debe saber qué quiere, cómo lo quiere y dónde lo quiere, porque el nuevo espectador no es un ser pasivo, no es un ser ingenuo, sino que cuenta con mucha información. De la escucha aparecerá el concepto que le enganche, ese concepto que consiga despertar en él algo que todavía no había sentido, que consiga cautivarle.

Ahora es tiempo de hablar, de generar un diálogo entre las dos partes, de dar y escuchar, de tú a tú, para sentir que nos importa. En esta fase de amor todo es bonito: confianza, compromiso, diálogo entre las dos partes, sentido de pertenencia, promesas, mensajes memorables y seductores…

Sin embargo, Fréderic Beigbeder nos advierte que ‘el amor dura tres años’. Se busca la rapidez y la falta de compromiso. Buscamos divertirnos y el hecho de pensar que nos estamos perdiendo otras cosas mejores nos agobia. De ahí, la necesidad de seguir innovando, de adaptarnos a todos los nuevos cambios, de mantener la chispa. Pero cuanto más amor y confianza, más fácil será que nos perdonen.